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La Historia de Kodak

 


Penurias de un Aficionado

Contaba 24 años de edad cuando decidió tomar unas vacaciones que mucho necesitaba. En la contabilidad del banco había trabajado mucho y muy duro hasta altas horas de la noche y algunas veces hasta las primeras horas de la madrugada. Había leído sobre Santo Domingo y planeaba ir allá. El maquinista que trabajaba en el sótano del banco le dijo que debería tomar fotografías de su viaje. Esta sugestión, hecha al azar, inició a George Eastman en la fotografía.

Compró un equipo fotográfico con toda la impedimenta de los días de la placa húmeda. La cámara era tan grande como una caja de jabón y necesitaba un pesado tripié, el cuarto oscuro era una tienda de campaña que debería ser lo suficientemente grande para que pudiera operar en ella al extender la emulsión sobre las placas de vidrio antes de la exposición, y posteriormente para revelar las mismas. Llevaba productos químicos, tanques de vidrio, un pesado porta-placas, una damajuana; en total, el equipo completo era "carga para un caballo", como él mismo lo describió. Las lecciones para aprender a tomar fotografías con ese equipo, le costaron cinco dólares.

Nunca llegó a hacer el viaje a Santo Domingo pero cuando estuvo más diestro en el difícil arte de la fotografía con placa húmeda, se fue a la Isla Mackinac a fotografiar el puente natural que hay allí. El garrafón de vidrio lleno de nitrato de plata, necesario para sensibilizar sus placas tenía que ser hermético y había que evitar una posible rotura, así que lo envolvió apretadamente con su ropa interior para protegerlo durante el viaje. Esto resultó mal para su espíritu ahorrativo porque después de todas sus precauciones, se salió el líquido y tuvo que comprar ropa interior nueva. Un grupo de turistas curiosos se acomodó en el puente posando para la fotografía y para observar a George Eastman cómo colocaba y enfocaba su cámara, cómo entraba y salía "a gatas" de su tienda para sensibilizar sus placas, alistándolas para la fotografía. Era un día cálido, pero el grupo fascinado, permaneció allí durante toda la larga e intrincada operación y esperó ansioso a que saliera de su vaporizante tienda oscura, con la placa revelada. Estaba observando su placa terminada cuando se le acercó uno del grupo y le preguntó por el precio de la placa. Eastman repuso: "No está en venta. Soy sólo aficionado". Encolerizado su interlocutor le reprochó: " Entonces por qué permitió que estuviéramos bajo el sol por media hora mientras maniobraba? ¡Joven tonto! Deberían colgarle una etiqueta que dijera que es usted un aficionado".

La fotografía absorbió por completo a George Eastman, quien se empeñó en simplificar el complicado proceso. Leyó en revistas británicas que los fotógrafos estaban haciendo sus propias emulsiones de gelatina. Las placas recubiertas con esta emulsión retenían su sensibilidad una vez que secaban, en contraste con las placas húmedas que debían exponerse de inmediato. Valiéndose de una fórmula publicada en uno de esos magazines británicos, empezó a hacer sus propias emulsiones de gelatina. Al principio, quería simplificar la fotografía para su propio placer, pero pronto empezó a ver posibilidades de fabricar placas secas para el mercado. Leyó todos los periódicos técnicos sobre fotografía de que pudo hechar mano y aprovechó consultar gratis en las librerías la Enciclopedia Británica como fuente de conocimiento para sus experimentos.

streetTrabajaba en el banco durante el día y experimentaba por la noche en la cocina de su madre. Mezclaba y cocía las emulsiones todas las noches durante la semana y el sábado en la noche se acostaba y dormía hasta el lunes en la mañana, despertando únicamente para tomar sus alimentos. Relataba su madre que algunas noches terminaba tan cansado que no se desvestía y dormía sobre una cobija en el suelo, junto a la estufa de la cocina. Los primeros tres años de sus experimentos fotográficos fueron los más duros e inclementes de su dura vida de trabajo.

El miedo a la pobreza que soportaban su amada madre y sus dos hermanas, una de las cuales estaba paralítica por la polio, mantenía fija en él una firme decisión. Esta decisión de ganar dinero para ayudar a su familia fue lo que le impulsó sin tregua en la nueva aventura de la fotografía. Tan fuerte era esta determinación y tan profundo era el amor por su madre que ambas cosas formaron el móvil de gran parte de su vida.

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